8. Amelie

Muchos meses después, sin haber dado fin definitivo a “la morena” -historia que algún día terminaré de escribir- apareció ante mis ojos la luz natural más profunda. Aire fresco, tranquilo y descomplicado. Acompañada, no podría ser de otra manera, de su pareja.

Desde ese día -más bien noche- mis pensamientos empezaron a caducar cualquier ápice de amor hacia otros destinos. Me refugié en un hilo de esperanza desmelenado por mi inmadurez. Estaba intranquila, como cuando necesitas repetir canción. Quería saber más, quería estar en su día a día, sus pensamientos y sus brazos.

No podría decir con certeza qué es lo que aquella noche atravesó todo en mí, pero sabía que ella había llegado para ser importante en mi vida. Bastó una mirada para convencerme de lo especial que era, por fuera y por dentro. ¿Qué pensó ella de mí? Nunca pregunté.

Me convertí en la peor versión. No la mejor, la peor, sin hablar metafóricamente. Fui egoísta. Estaba empecinada en verla, lo más posible -con o sin compañia- el máximo de tiempo. Movía colores y sabores. Cambiaba esenciales. Ajustaba cualquier movimiento con tal de compartir segundos. Dejó de importarme quiénes estaban en nuestro presente, y me enfoqué en conquistarla, como lobo hambriento. Hambrienta estaba.

Yo, mi yo excesivo, estaba seguro de que era la mujer con la que quería estar, sin preocupar consecuencias. Estaba convencida que era ella la indicada, la única. Ella representa todo lo que quería y quiero en mi vida: transparencia, futuro y vida. Llegué a preguntarme si estaba enamorada -cuando todavía me hacía ese tipo de preguntas- cada vez que el alcohol se manifestaba en mis venas.

Fuimos mejorando la sincronicidad de nuestras risas. Adoraba las palabras que salían de su boca. Me fascinaba sus gestos, su cordura, sus dudas. Me sentía plena, aún sabiendo que cada noche regresaría a casa llena de amor, y ausente de besos. Me sentía plena, casi. Sola y plena, ni yo lo entendía.

Bailaba más allá de mis posibilidades. Quería querer más allá de mí. Me hormigueaba la ternura ante sus ojos. Mi objetivo más latente, el único, hasta ese momento: ser yo sus buenos días.

Mi testarudez siguió haciendo de las suyas. De manera frívola alineaba mi rutina al siguiente encuentro. De forma inevitable, ella descontrolaba cualquier fuerza de voluntad cuando volvía a aparecer, a lo lejos, allí, en la delgada línea que dividía su ahora y mis deseos.

Me gustaría decir que aparté toda malintencionada decisión, y la dejé seguir siendo feliz con el amor de su vida. Lo intenté, quizas, sin demasiado ímpetu. Ella puso en mí, sentimientos. Sentimientos que no sabía gestionar. Abrió el mundo que tanto deseaba descubrir, me aterraba al completo.

Volví a desnudar “Amelie” de Jean-Pierre Jeunet, bajo la percepción de su humanidad. Volví, una y otra vez, a estar en el sitio acordado, casi a la hora correcta. Sentía satisfacción en su presencia, conectada a sus pupilas, sus verbos, nuestro momento, nuestro nada. Mis pensamientos la perseguían allí donde fuere. Allí donde fuere, sin mí, como siempre.

Quedaba intranquila, como cuando necesitas repetir canción.
Empecé a escribir, poesía.

Continuará…

  © Saliary Röman


❤!

7. “Esta noche duermes conmigo”

La morena

Era verano. Una noche sin estrellas, de olor a coco y madera mojada. De olor a nube espesa, de esas que no dejan ver la luna. Esa noche se transformó en calurosa con una inquietante frase, La frase. Frase para la cual jamás pensé responder tan positivamente, tan natural. Las palabras vinieron de la voz segura de una completa desconocida, sin presentaciones previas, sin tan siquiera un escaso “hola”. Sin introducciones, nada. Cero protocolos, cero complicaciones, vino ella a mí.

Fue así como el universo cambió de sentido. Las canciones en el bar cambiaron de mensaje. Mi mirada cambió de intenciones. La temperatura corporal se elevó, y el alumbrado de las distracciones se apagó, dejando salir una pequeña luz, apuntando a un sólo objetivo. Pocas palabras cruzamos desde el momento en que ella se puso de pie a mi espalda, acercó sus labios a mi oído derecho y dijo:

“Esta noche duermes conmigo”

Esta noche duermes conmigo“, dijo la mujer de tacones, cabellos castaños, más joven que yo. Sus ojos se encargaron de absorber toda mi mirada. “Esta noche duermes conmigo“, me dijo, ¡a mí!.
Un pequeño susurro se deslizó por mi oreja, hizo tiritar mi estribo, bajó por todo mi cuello, elevó mis pulsaciones, revoloteó mi estómago, humedeció el entorno y me obligó a volver al presente, para así reaccionar asintiendo con la cabeza, mientras mis ojos curioseaban por su morena piel. Pocas palabras cruzamos más esa noche, sus labios me regalaron un par de besos, antes de que sus pies se posaran en mi puerta.

Soy sincera cuando digo que soy afortunada. La vida debería darte la opción de poder grabar con detalle ciertos momentos, grabarlos completamente y dejártelos ver, tipo película, cada vez que lo desearas. Si esa opción existiese, y durase lo que dura una noche, con su amanecer; me hubiese quedado con esa noche húmeda. Me hubiese quedado con su cielo no estrellado, con el susurro de su voz. Y con la sensación en mi cuerpo, pupilas dilatadas, palpitaciones, al ver a plenitud el paisaje de su piel. La persona más bella que habían visto mis ojos. Una mujer impresionante, ahí, en mi cama. El universo me sonreía, e hizo que nuestros deseos se concibieran uno solo.

Llevaba años enamorada de la ojazos, y me había ido a la cama con más personas después de ella; pero jamás había conseguido quitarla de mi mente. Era como un mosquito venenoso que se encargaba de picarme en el momento en que mi cuerpo conseguía concentrarse en otro ser humano. Me hacía daño, me clavaba, me hundía el alma, y me regresaba al destierro del desamor; a la vez que cualquier indicio de orgasmo desaparecía de mi afán.
Sin embargo, el olor a coco y a madera mojada, aromatizaba la noche para hacer el universo sonreír, para despejar mi mente, para provocar que las espesas nubes ocultasen el mosquito, y mi cuerpo fuese feliz. Todo estaba allí, para dejarme ver las estrellas.

La morena

Debió ser su precioso cuerpo, o la flexibilidad de sus extremidades, o quizás su voz sofocante y dulce, o su larga melena, o sus firmes piernas, o sus magníficos pechos, o la forma sexy de su boca; o tal vez el olor a mar de su piel, lo que permitió que esa noche yo me fundiera en ella, me entregué, nos entregamos. Bailamos, dimos la vuelta al mundo, lo andamos lento, suave, fuerte, a toda velocidad. A paso firme, sin tropezar, como quien ya conoce ruta. Como quien no tiene miedo a la oscuridad. Como si de alguna manera nos leyéramos la mente y fuesen nuestros cuerpos una herramienta para cumplir deseos. Hubo una conexión real, pasión innata. El mundo de una cama se quedó pequeño, nuestro apetito se hizo agudo hasta mucho más allá del horizonte de un amanecer. Mi piel despertó, mi boca quedó húmeda. Mis pupilas pedían más.
¡Polvazo! Supreme!

Al día siguiente, fui al trabajo sin dormir, pero con el cuerpo lleno de frescura, de vitalidad, la sonrisa puesta. ¡Y cómo iba a ser de otra manera! ¡Si la mujer más impresionante me había otorgado lo mejor de sí! El sol brillaba más que nunca, mi mente evocaba recuerdos que me hervían los poros y mi interior quería más. ¡Yo quería más! Quería tener su rostro en mi almohada, su cuerpo junto al mío, su voz susurrándome de nuevo.

Sigue leyendo

6. Olvidar

Después de enamorarme hasta la piel, al dejarlo, el vacío queda clavado en cada poro. Vives con la sensación de ser una abrumadora nube, opaca, cargada de tristeza. Reír, y no sentir nada. Cantar, mientras las canciones te arrancan el corazón. Buscar el rostro de ella, en cada nuevo rostro. Decirte a ti misma: hasta aquí, ya no más, hay que hacer algo. Hacerlo todo, y constantemente ser perseguida por la depresión.

Soledad, infinita soledad al decidir ya no hablar más de lo que te pasa con tus amigos, mientras la carroña de la lejanía te consume. Salir de fiesta, y buscar perderte entre la multitud, para que así, ellos no noten cómo caen las lágrimas mientras bailas. Deambulé años enteros; cambié de rutas, de ciudad, de hogar. Hice de todo para borrarla de mi cabeza, a veces creía que ya estaba superado, pero el corazón se encogía y expandía nuevamente, recordándola a cada latido. Así como sembré pasión en cada centímetro de su piel, extrañaba cada centímetro de su respiración por toda mi alma.

Los años pasaron, cuerpos nuevos iban y venían. Besos que se colaban en mi cama. Besos que se mantenían meses. Besos que intentaban buscar amor tras mi boca. Besos que hubiesen dado todo por ser correspondidos. Mientras yo, a saber dónde estaba. Mi libido a ras del suelo. No recuerdo qué fue de mí, ni de todas las lágrimas que se mezclaron con mi copa. Me negaba a dejar el amor libre, no quería que tanto amor –aunque doliese- se fuese sin mi devoción, a otra parte.

Era clásico por aquél entonces salir a beber algo luego del trabajo con mis compañeros. Esa vez, estaba de pie en la barra de un bar, hablando con mi jefe. Era una noche corriente, en un bar como cualquier otro. Yo llevaba la ropa de trabajo, despeinada y con un look que, desfavorecía todo mi ser. Pero estaba en una etapa que, mi físico no me preocupaba mucho, y lo de ir a casa debía ser a altas horas de la noche, cuando mi cuerpo y mente estaban tan agotados que, me obligaban a entrar en un sueño profundo justo al tocar la almohada. Así evitaba pensar, en lo que poco a poco, se iba borrando de mi cabeza.

Nunca llovió que no parase, eso dicen. Mi diluvio se convirtió en tormenta, la tormenta trajo la lluvia, y la lluvia trajo la calma con esta frase:

                “Esta noche duermes conmigo”.

Ya había mencionado que soy afortunada. Pues esa noche se hizo la fortuna en una piel morena.

Continuará…

  © Saliary Röman


❤!

5. Éxtasis

De la primera vez, del “lo siento”, a los meses siguientes, hay años luz. Me apoderé completamente de cada curva, de cada lunar, de cada gemido. De todo, en todo lugar, en todo momento, a todo ritmo. Me apoderé completamente de ella. Entre más la acercaba a mi vida, más descubría la intensidad que habitaba en mí.  Me deshacía entera ante sus caprichos. Me desvanecía entera ante sus detalles. Estaba enamorada. Enamorada y más.

Bastaba una mirada para saber qué necesitábamos y con qué pretexto iríamos a otro lugar. Con tan sólo una mirada de la ojazos, se habría ante mí un millón de posibilidades. La curiosidad me llenaba de preguntas que, acto seguido, me fundía a respuestas todo su cuerpo. Faltaban horas al día para tanta pasión. La satisfacción de ser tocada con amor, con deseo, una y otra vez, es una bendición.

Me hice mujer en sus manos. Sé que una parte de mí se quedó con ella, en la eternidad de sus labios.

Un par de años estuve llevada por su aroma. El mismo aroma que aún hoy suelo reconocer entre la multitud. Fui feliz. Muy feliz. Es la persona que marcó el antes y el después en mi nueva etapa de vida. Ella alejó de mí pensamientos absurdos, alejó de mí todo complejo, la soledad y la niñez.

Las estrellas que por ti brillan.
El fuego que habita en tus besos.
El orgasmo que de ti hace canciones.
El fervor de tus caricias.
Tu piel.
Una y otra vez, todo culminó en tu profunda mirada.

Cuando nos dimos cuenta, todos nuestros días estaban proyectados de a dos. Toda canción nos recordaba mutuamente; todo olor tenía una historia entre nuestros recuerdos. Sin intención, sin esfuerzos, habíamos puesto en marcha una relación que en su heterovida y en mis dudas, no tenía sitio. No tenía pies, no tenía cabeza. Aún no estábamos preparadas para “seguir avanzando”. Y fue así, sin más, cuando un día, por un instante detuvimos los latidos, callamos la pasión –sólo por un instante- y decidimos frenar. Parar. Parar con todo lo que clandestinamente habíamos formado. Nuestras decisiones podrían derrumbar la felicidad de muchos a nuestro alrededor. Nuestras decisiones, cambiarían su proyección de vida. Nuestras decisiones, cambiarían mis metas a cumplir. En fin, cosas de humanos.

Meses intentando desengancharme de sus vibraciones, meses intentando prohibir a mis dedos enviar SMS’s. Años, años enteros, para dejar de pertenecer a sus brazos. Lloré, lloré, lloré y más. Me abandoné al llanto, a las pocas ganas de comer, a refugiarme debajo de la manta y me volví parte del vacío. Como accesorio llevaba la mirada más triste que ha visto mi espejo. Abismo de tristeza, incluso varios años después caían algunas lágrimas, sin siquiera invocarlas, sin siquiera pronunciar su nombre; caían en su honor.

Mi cuerpo se desconectó por mucho tiempo, años. Las manos que tenían acceso a él, iban y venían, sin sentido alguno, sin respuestas. Sin apenas despertar sensaciones. Sin hacerme sonreír. Sin producir ningún tipo de placer. Sin regresar mi carne a la vida.

Y es que, la satisfacción de ser tocada con amor, con deseo, una y otra vez, es una bendición.

Continuará…

  © Saliary Röman


❤!

4. Sexo mudo

   Las persianas dejaban pasar el trasluz del amanecer. La mañana de un sábado me tenía ahí tirada desnuda en un quinto piso. Todo lo que mis hormonas rogaban se hiciese real estaba a pocos segundo de volcarse sobre mí.

Las palomas se posaban sobre su ventana. Arrullaban constantemente en un intento despiadado por llamar mi atención. Yo miraba de reojo, de alguna forma, ellas lograban atenuar mi nerviosismo. Caminaban sin cesar por el balcón, de un lado a otro, cuestionándome, mirándome de una forma casi incriminadora.

   Solía pensar que la primera vez sería maravillosa, y aunque esta no era mi primera vez carnal, sí era la primera vez que entregaría mi corazón y mi alma. La primera vez que haría el amor. Tras meses de espera -y todos los meses que se pueden meter en los 10 minutos que estuvo en el cuarto de baño- ahí estaba ella, impresionante ante mis ojos. Su preciosa melena larga y negra, resaltaba con astucia y casi adrede los ojazos que me enamoraron. Al verla entrar a aquella fría habitación, mi mente se silenció, el ambiente se torno caluroso y la almohada saltó de repente empujándome hacia ella. En un segundo, la habitación quedó impregnada de su olor, la luz de entre las persianas sólo iban dedicadas a su figura. Las palomas como acto de respeto se callaron por fin.

   Siempre me he maravillado con las pequeñas cosas, los gestos que endulzan un rostro, el movimiento de las manos al despedirse, la inclinación de la cejas ante una duda, la mirada perdida que intenta en el horizonte encontrar una respuesta, los suspiros que nacen para liberar un anhelo, el tono de la voz ante un susurro, el sonido de la risa. El timbre de su voz, sus labios al reír.

   Yo estaba maravillada, todas y cada una de las cosas que conformaban la ojazos me hacían palidecer de ternura, de afecto, de atracción, de lujuria. Hubo momentos en que tan sólo con pensar en ella me sonrojaba. Los montones de pequeños recuerdos y grandes sensaciones, estaban cuidadosamente clasificados, delicadamente apilados y puestos en un stand predilecto en mi memoria.

   Desde el momento en que la almohada me empujó hacia ella, todo y cada uno de mis pocos archivos sexuales se desvanecieron. Me honraba el placer de poder tocarle, y cualquier cosa, manera, o forma aprendida en el pasado, se tornó embrujado por su cuerpo. No he vuelto ha desear a nadie de tal forma, y como aquella primera vez, no me volví a sentir nunca.

   Su piel suave, sus labios suaves, su melena suave, su suave susurro. La fuerza de sus manos, la fuerza de sus piernas, la fuerza de sus palabras. Sus ágiles extremidades, sus ágiles pasos, su ágil improvisación. Todo parecía danzar. Vi extender su precioso baile por cada uno de los kilómetros y kilómetros de la cama. Ahí estaba yo, con los ojos en plena dilatación, el corazón saliendo del pecho, petrificada. Sus besos sellaron mi declive, me hechizaron y robaron por un instante el alma. Yo estaba completamente perdida.

No hay minutos, no hay.
No hay momentos, no hay.
No hay nada qué decir, no hay.
No hubo nada, no hay.
No pude reaccionar.

   Mi gigantescas ganas acumuladas por tanto tiempo me secaron la boca, me deshidrataron la ideas y me dejaron tirada en medio de mi mayor anhelo. ¡Nada pasó! De la poderosa veinteañera que contraatacaba, no quedó nada. Nada más que una parálisis y una extraña sensación de vergüenza. Gesticulé un “lo siento”, y acto seguido, me refugié en el sótano de la almohada, y me dejé arropar por la oscuridad de la manta. Dormí.

  En mi primera vez, la “vez” no pasó, pero sí puedo decir que la pasión me poseyó entera, de pies a cabeza.

Continuará…

  © Saliary Röman


❤!

3. La primera vez

En un abrir y cerrar de ojos, mis hormonas había renacido de lo más profundo. Brotando de las raíces desconocidas de mi cuerpo. Estaba excitada cómo nunca antes. Todo me hacía sonreír, hasta los días más opacos producían placer, estaba completamente viva.

Enamorada, qué maravilloso es eso. Todo es tan mágico, lo inerte danza, las personas sonríen, la alegría aflora, sientes la belleza, tú cantas.

Yo estaba asustada. La verdad es que nunca había sentido atracción por nadie, ni siquiera en la adolescencia, todo era nuevo en mi vida. Me sentía viva por primera vez, y quería más de eso, lo que nunca había tenido.

Ella, la ojazos, era una desconocida que me había llegado por mi cumpleaños. Y yo, su desconocida quería saber todo sobre ella. Me puse a la labor y poco a poco, fui entrando en su vida. Poco a poco la hice parte de mí. Eternas carcajadas compartimos, llegaba a casa pensando en ella, y despertaba pensando en verla. En poco tiempo nos hicimos muy amigas, entrañables, uña y carne. Amistad perfecta.

Conociéndola bien, todo se tornaba anormal en nuestros días, nada era tan sencillo como mis deseos querían. Ella tenía pareja desde hacía años y mi experiencia amorosa era nula. Así que mientras yo jugaba a conquistar en silencio, ella jugaba a ser mi hermana mayor. Sí, algo así cómo jugar las cartas: el solitario, de a dos.

Al saber todo de la ojazos, no podía evitar estar ahí siempre. Estaba completamente ida.
Y como era evidente, ella se mostraba cariñosa, pero sólo en respuesta a mi “efusividad”. Ahora la quería, y entre más le conocía más quería de ella, llegó a ser insoportable para mí.
Necesitaba algo más que su generosa amistad. Algo más que su preciosa hetero-vida. Así que, decidí distanciarme, conocer más gente, ampliar mi círculo social, y alejarme de mi rutina; mi rutina que no era otra que, ella. Asustada por todo lo que sentía, mares dentro. No sabía qué hacer con tanto sentimiento junto. Tanto, en un solo pecho. Tanto, sin ser correspondido.

Hice algo que se me da mejor que verbalizar: escribir. Escribí, escribí y escribí. La carta más sincera que haya escrito nunca. Hablé con ella,  dije que había ciertas cosas que no sabía, y que yo estaba confundida. Necesitaba tiempo para pensar, y espacio para llevar a cabo mis cosas. Le di mi carta, y marché.

Cuando dije tiempo, era con fecha exacta, un par de meses. Y cuando dije espacio, era no verla, llevaba los últimos dos meses durmiendo en su casa. Cada noche después de mi trabajo, iba a buscarla al suyo, y nos íbamos a casa, a la de ella. ¡Eso me estaba matando! Era yo hormonas hecha persona, pasábamos las noches en la misma cama y  ¡tenía que dormir!
¡Me estaba matando!

Cuando las ilusiones se hacen realidad.

Ese par de meses sin los 20 SMS diarios, sin verla despertar y dormir, han sido los dos meses más largos de mi vida. En ese tiempo la vida no pasó volando, los días se multiplicaron.
Aproveché para salir, conocí gente, hice nuevos amigos, tenía nuevos pretendientes. Cambié de vivienda, empecé a compartir piso con una mujer extraordinaria, con la que aún tenemos una buena amistad. Salí y cambié de nuevo esa pequeña vida que había formado.

Cuando volví a verla, yo ya no era tan “virgen”, tan conformista, tan tranquila. Esos dos extensos meses, en vez de relajar mis hormonas, me habían puesto el acelerador. Yo estaba decidida, a contraatacar – atacar por fin- u olvidarme para siempre del asunto. Pero es que, cuando una se siente así, tan ilusionada, enamorada hasta las venas, sólo cabe una opción.

Deje todas las inseguridades, le llamé, le dije: Ya estoy lista. Quedamos en salir esa noche. Mis 20 años y yo, no veíamos la hora, moría de ganas por verla, y temblaba de miedo al rechazo.
Para cubrirme las espaldas, por si acaso, llamé a un amigo. Así no tendría que estar sola vuelta a casa, cuando el destino me diese la espalda.
Me recuerdo caminando hacia el lugar donde la vi la primera vez, estaba nerviosa, temblaba, excitada al máximo. No sabía dónde poner mis manos, y el corazón tenía vida propia quería ir caminando él por su cuenta.
Cuando entré al lugar, ella estaba allí, mirando hacia la puerta, esperándome. Si existe cupido, se hizo real en ese momento, yo estaba más que enamorada, y a ella por primera vez, la vi con sus ojos clavados en los míos, de deseo.

Los meses, mi paciencia y mi espacio, merecieron la pena minuto a minuto. Reencuentro perfecto, desde ese fuerte abrazo de bienvenida, hasta despedir a mi amigo.  Todo, hasta los primeros rayos de sol, estaban a nuestro favor.
Iba reconociendo el camino hacia su piso, no podía quitarme la sonrisa de la boca, y ella, con más vivencias que yo, me daba señales de lo que iba a suceder minutos después.

Continuará…

  © Saliary Röman


❤!

2. El comienzo del principio.

Antes de mis 20,  mi vida cambió. Salí del armario, salí de casa, salí de mi ciudad y cambié de país. Ésta decisión la tomé a los 14 años de edad, cuando vi una película basada en la maravillosa vida de Juana de Arco, me quedé fascinada con su corta vida pasional de tan sólo 19 años.  Así que, me levanté del sofá, fui junto a mi madre, y le dije:

Mami, ya no tendrás que preocuparte por mi. A los 19 años, me voy de casa.

Frase que ella, como es de esperar, la tomó como otra idea adolescente. Los años pasaron, y cumplí mi palabra. A los 18 y con mi “mayoría de edad”  empecé a hacer papeles para algo llamado visado.  ¿Visado? Sí. No usé ese término en mi vocabulario hasta ese día. ¿Para qué país? Para un país que sabía tanto de él, cómo del visado,  nada.

Luego de que mi madre me ayudase con meses de papeleos, compré mi vuelo, cogí mi maleta, y di un adiós a la primera etapa de mi vida. Con pocos años y una maleta, en un país extraño ¡todo podía pasar! Y pasó. Ahí empecé lo que yo llamo: independencia.

Absolutamente todo era nuevo. Todo lo que hiciese, por simple que fuese, era un comienzo. Después de tres aviones.  Me instalé en un pequeño pueblo, en casa de una amiga de infancia de mi madre. Conseguí empleo, y por suerte  – que de esa tengo mucha, me considero afortunada – di a parar con un jefe encantador, una gran puerta se había abierto en mi vida. Y el veranos duró bastante más de tres meses.

El día de mis 20 cumpleaños, ese mismísimo día, y a primera vista, me enamoré.
Fue mi regalo, allí estaba ella. Melena negra y larga, con unos  ojos inmensos. Fue un mundo nuevo, dentro de todo lo desconocido que estaba viviendo. Mi  jefe y  su familia, compraron una tarta para mí, me habían festejado el cumpleaños, sin más, sin casi conocerme; luego fuimos a un bar, a tomar algo para terminar la noche. ¡Y adivinar! Allí estaba ella ¡La ojazos! Sin duda, ha sido uno de los mejores regalos de cumpleaños que la vida me ha dado.

Todo un mundo nuevo de sensaciones se había apoderado de mis días. Fue simplemente una fantasía echa realidad.

En mi nueva vida todo iba perfecto, me adapté en poco tiempo, me sentía a gusto, conmigo y con lo que me rodeaba. Comprendí lo que era LIBERTAD.

Me formé un nuevo día a día, una nueva rutina, nuevos amigos, nuevo hogar. Todo, a pedir de boca, mi vida. Obviamente, la historia con la ojazos, no paró allí. Por primera vez en mi vida, me puse una nueva tarea, conquistar a una persona.
Persona para la cual, en aquél entonces, el tema homosexual era todo un tabú. ¡Todo un reto para una inexperta como yo! No podría llegar a describir todas las cosas que hice, y la paciencia que he tenido. Yo estaba enamorada, ella ni recordaba mi nombre.

Mis 20, es  un año para recordar con una sonrisa plasmada en mi rostro siempre.
Sobre todo, por lo que vino a continuación…

Continuará…

  © Saliary Röman


❤!

1. Miedo.

Aplazar el momento, por miedo a sí mismo, de saber la verdad.

Hace años que ya sospechaba, que sabía lo que sentía, que sin aprender ya conocía ese extraño palpito que me hacía sentir sudorosa, nerviosismo intenso y anhelo obsesivo por querer tocarle. Mismo sentimiento que a continuación me reprimía, juzgaba y muy cuidadosamente mi secreto era envuelto y guardado en el armario.

Era incontrolable, delicadamente giraba mis pupilas instintivamente. No podía evitar enfocar aquellas maravillosas curvas, mi atención atrapada en los delicados movimientos, allí iba a parar mi mirada, mi respiración, mi deseo. Creo que mientras sabía que esa fuese mi única alternativa, estaría dispuesta a hacer mi papelón heterosexual de la mejor forma posible.

Al pasar los años me daba cuenta que mis ganas de gritar eran insoportables, que tenía todo adentro atorado intentando explotar, y que de alguna manera, debía ser sincera conmigo. Me sentía sola, vacía, mentirosa, fría. Comprendía que en mi familia, en el catolicismo, mi pensamiento y toda mi felicidad no sería aceptada.
Un día desperté y vi en el espejo a una chica desconocida llena de rencor hacia el mundo, llena de furiosa soledad. Era una buena chica, buena hija, buena estudiante, responsable, trabajadora y virgen. Todo lo que cualquier madre desearía tener. Cumplí siempre con todo lo que los demás esperaban de mí, pero no sabía qué era escuchar mis sentimientos.
Aquel espejo mostró mi triste perfecto rostro. No me reconocí, simplemente mis hormonas ya no estaban a gusto de mi excelente educación moral. No me sentía triste de tener buenos principios, me sentía infeliz de no poder ser feliz amando a otra persona.  Amando a una mujer.

Mi homosexualidad me ha dado algo en qué pensar. Al principio tenía  amargura y temor de salir del armario, el temor que tus seres queridos te miren como un extraño. Incluso pedía perdón a Dios por no sentir culpa de tener tantos pensamientos impuros hacia personas de mí mismo sexo. Me hizo vivir lo despistados que estamos en la manera de influir y educar a un niño.

Hice mi intento juvenil de ir a psicólogos – respeto toda la profesionalidad que hay en ellos-  no es que ellos no me hayan aconsejado bien, ¡Lo hicieron muy bien!  han dicho cosas que urgentemente necesitaba oír. Sucedía que me avergonzaba de mí misma, y desviaba mis depresiones a los problemas familiares. Hablaba y hablaba de lo furiosa que estaba. Lloraba queriendo encontrar consuelo en un test o un dibujo; cuando en realidad gritaba lo frustrada que me sentía, la vergüenza que mis principios me imponían. Mi propio dedo me señalaba.   ¡Qué joven era!

Me costó mucho dejar mis complejos, tomar fuerza y empezar a intentar vivir mi vida en un mundo totalmente conservador. Le costó mucho a mi terca cabeza comprender que la religión no es una ley de la naturaleza y que Dios no es el “padre castigador” que juzga a todo aquel que incumple “conclusiones” que quién sabe quién ha sacado de 10 mandamientos.
Fue difícil comprender por fin, que lo que te hace bueno no es una religión, que la religión no es Dios. Yo tendría que estar preparada, y mantener siempre mi frente en alto ante críticas infructuosas, porque siempre habrá personas, que aunque seas heterosexual, homosexual o Dios, siempre intentarán juzgar la vida ajena. Así después de casi dos décadas de existencia aprendí a dejar el miedo y salí del armario.

Sigo siendo la joven con que mi madre siempre soñó, tan solo que en el cuento de hadas, su hija escogerá ser feliz para siempre con  una fémina. Respeto a toda aquella persona que se siente libre de pensar, que una hetero-vida es mucho más congruente para un ser vivo. Yo como viviente, también soy libre, y veo mi libertad en amar y sentir pasión por lo que hace de mi vida felicidad.

Así que tomé las riendas de mi, y me puse a vivir, porque sí y sólo sí: Dios es el ser que ama.

continuará…  

  © Saliary Röman


❤!