1. Miedo.

Aplazar el momento, por miedo a sí mismo, de saber la verdad.

Hace años que ya sospechaba, que sabía lo que sentía, que sin aprender ya conocía ese extraño palpito que me hacía sentir sudorosa, nerviosismo intenso y anhelo obsesivo por querer tocarle. Mismo sentimiento que a continuación me reprimía, juzgaba y muy cuidadosamente mi secreto era envuelto y guardado en el armario.

Era incontrolable, delicadamente giraba mis pupilas instintivamente. No podía evitar enfocar aquellas maravillosas curvas, mi atención atrapada en los delicados movimientos, allí iba a parar mi mirada, mi respiración, mi deseo. Creo que mientras sabía que esa fuese mi única alternativa, estaría dispuesta a hacer mi papelón heterosexual de la mejor forma posible.

Al pasar los años me daba cuenta que mis ganas de gritar eran insoportables, que tenía todo adentro atorado intentando explotar, y que de alguna manera, debía ser sincera conmigo. Me sentía sola, vacía, mentirosa, fría. Comprendía que en mi familia, en el catolicismo, mi pensamiento y toda mi felicidad no sería aceptada.
Un día desperté y vi en el espejo a una chica desconocida llena de rencor hacia el mundo, llena de furiosa soledad. Era una buena chica, buena hija, buena estudiante, responsable, trabajadora y virgen. Todo lo que cualquier madre desearía tener. Cumplí siempre con todo lo que los demás esperaban de mí, pero no sabía qué era escuchar mis sentimientos.
Aquel espejo mostró mi triste perfecto rostro. No me reconocí, simplemente mis hormonas ya no estaban a gusto de mi excelente educación moral. No me sentía triste de tener buenos principios, me sentía infeliz de no poder ser feliz amando a otra persona.  Amando a una mujer.

Mi homosexualidad me ha dado algo en qué pensar. Al principio tenía  amargura y temor de salir del armario, el temor que tus seres queridos te miren como un extraño. Incluso pedía perdón a Dios por no sentir culpa de tener tantos pensamientos impuros hacia personas de mí mismo sexo. Me hizo vivir lo despistados que estamos en la manera de influir y educar a un niño.

Hice mi intento juvenil de ir a psicólogos – respeto toda la profesionalidad que hay en ellos-  no es que ellos no me hayan aconsejado bien, ¡Lo hicieron muy bien!  han dicho cosas que urgentemente necesitaba oír. Sucedía que me avergonzaba de mí misma, y desviaba mis depresiones a los problemas familiares. Hablaba y hablaba de lo furiosa que estaba. Lloraba queriendo encontrar consuelo en un test o un dibujo; cuando en realidad gritaba lo frustrada que me sentía, la vergüenza que mis principios me imponían. Mi propio dedo me señalaba.   ¡Qué joven era!

Me costó mucho dejar mis complejos, tomar fuerza y empezar a intentar vivir mi vida en un mundo totalmente conservador. Le costó mucho a mi terca cabeza comprender que la religión no es una ley de la naturaleza y que Dios no es el “padre castigador” que juzga a todo aquel que incumple “conclusiones” que quién sabe quién ha sacado de 10 mandamientos.
Fue difícil comprender por fin, que lo que te hace bueno no es una religión, que la religión no es Dios. Yo tendría que estar preparada, y mantener siempre mi frente en alto ante críticas infructuosas, porque siempre habrá personas, que aunque seas heterosexual, homosexual o Dios, siempre intentarán juzgar la vida ajena. Así después de casi dos décadas de existencia aprendí a dejar el miedo y salí del armario.

Sigo siendo la joven con que mi madre siempre soñó, tan solo que en el cuento de hadas, su hija escogerá ser feliz para siempre con  una fémina. Respeto a toda aquella persona que se siente libre de pensar, que una hetero-vida es mucho más congruente para un ser vivo. Yo como viviente, también soy libre, y veo mi libertad en amar y sentir pasión por lo que hace de mi vida felicidad.

Así que tomé las riendas de mi, y me puse a vivir, porque sí y sólo sí: Dios es el ser que ama.

continuará…  

  © Saliary Röman


❤!

18 comentarios en “1. Miedo.

  1. Me traes a una reflexión que inicié meses atrás sobre el amor. Hasta ahí cais era algo tabú que me sonaba a cursi a… debilidad. Tras algunos hechos se fue creand un punto de inflexión en mi vida, y me reconocí cobardemente agazapada negando ser quien soy y sobre todo, negando sentir lo que siento. La palabra amor, un tabú en mi vocabulario, se me hacía incómoda de leer. La leí aún así, en frases, en textos. Escribí algo al respecto de mi propia mano y me paré a pensar en ello. No quise ni volver a leer lo que había escrito (a mano en éste caso) ni sé si lo haré alguna vez, pero el diálogo interno estaba abierto.

    “Dios fue juzgado por miles de ignorantes que no comprenden qué es amor.”

    Un fragmento de ésto que por aquí escribes… A esa conclusión llegué. Tan grande me parece el amor, que hasta la mayor locura que se pueda cometer por él está en cierto modo disculpada. La razón poco tiene que hacer contra el verdadero amor, ese que te mueve dentro. Suena cursi, sí… Es de lo que te hablaba. No temo mostrarlo. Tienes todo un torrente de amor y de otras tantas cualidades. Seguiré recorriendo a ratitos cada rincón de tu blog. Todo un descubrimiento y todo un ejemplo para mí, que aún ando buscándome a mí misma y tratanodo de parar ese ciclo de negarme que inicé hace mucho tiempo por miedo a la opinión de los demás.

    1. He visto que te haz devorado varios de mis escritos.
      Es todo un honor para mi.

      El amor es tan extenso que creo que jamás podría titular ningún escrito así.
      Sólo una obra de arte podría llevar tan privilegiado nombre, el amor es todo un sinónimo de si mismo.

      Te recomiendo que veas la película “Amour” de Michael Haneke. Es una maravilla, que merece llevar tal título.
      Es el amor desnudo.

      Gracias por comentar. Por tu tiempo.
      ¡Un abrazo!

Cuéntame, qué te trae por aquí.

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