4. Sexo mudo

   Las persianas dejaban pasar el tras luz del amanecer. La mañana de un sábado me tenía ahí tirada desnuda en un quinto piso. Todo lo que mis hormonas rogaban se hiciese real estaba a pocos segundo de volcarse sobre mi.

Las palomas se posaban sobre su ventana. Arrullaban constantemente en un intento despiadado por llamar mi atención. Yo les miraba de reojo, de alguna forma, ellas lograban atenuar mi nerviosismo. Caminaban sin cesar por el balcón, de un lado a otro, cuestionándome, mirándome de una forma casi incriminadora.

   Solía pensar que la primera vez sería maravilloso, y aunque esta no era mi primera vez carnal, sí era la primera vez que entregaría mi corazón y mi alma; la primera vez que haría el amor. Tras meses de espera -y todos los meses que se pueden meter en los 10 minutos que estuvo en el cuarto de baño- ahí estaba ella, impresionante ante mis ojos. Su preciosa melena larga y negra, resaltaba con astucia y casi adrede los ojazos que me enamoraron. Al verla entrar a aquella fría habitación, mi mente se silenció, el ambiente se torno caluroso y la almohada salto de repente empujándome hacia ella. En un segundo, la habitación quedó impregnada de su olor, la luz de entre las persianas sólo iban dedicadas a ella y las palomas como acto de respeto se callaron por fin.

   Siempre me he maravillado con las pequeñas cosas, los gestos que endulzan un rostro, el movimiento de las manos al despedirse, la inclinación de la cejas ante una duda, la mirada perdida que intenta en el horizonte encontrar una respuesta, los suspiros que nacen para liberar un anhelo, el tono de la voz ante un susurro, el sonido de la risa. El timbre de su voz, sus labios al reír.

   Yo estaba maravillada, todas y cada una de las cosas que conformaban la ojazos me hacían palidecer de ternura, de afecto, de atracción, de lujuria. Hubo momentos en que tan sólo con pensar en ella me sonrojaba. Los montones de pequeños recuerdos y grandes sensaciones, estaban cuidadosamente clasificados, delicadamente apilados y puestos en un stand predilecto en mi memoria.

   Desde el momento en que la almohada me empujó hacia ella, todo y cada uno de mis pocos archivos sexuales se desvanecieron. Me honraba el placer de poder tocarle, y cualquier cosa, manera, o forma aprendida en el pasado, se tornó embrujado por su cuerpo. No he vuelto ha desear a nadie de tal forma, y como aquella primera vez, no me volví a sentir nunca.

   Su piel suave, sus labios suaves, su melena suave, su suave susurro. La fuerza de sus manos, la fuerza de sus piernas, la fuerza de sus palabras. Sus ágiles extremidades, sus ágiles pasos, su ágil improvisación. Todo parecía danzar. Vi extender su precioso baile por cada uno de los kilómetros y kilómetros de la cama. Ahí estaba yo, con los ojos en plena dilatación, el corazón saliendo del pecho, petrificada. Sus besos sellaron mi declive, me hechizaron y robaron por un instante el alma. Yo estaba completamente perdida.

No hay minutos, no hay.
No hay momentos, no hay.
No hay nada qué decir, no hay.
No hubo nada, no hay.
No pude reaccionar.

   Mi gigantescas ganas acumuladas por tanto tiempo me secaron la boca, me deshidrataron la ideas y me dejaron tirada en medio de mi mayor anhelo. ¡Nada pasó! De la poderosa veinteañera que contraatacaba, no quedó nada. Nada más que una parálisis y una extraña sensación de vergüenza. Gesticulé un “lo siento”, y acto seguido, me refugié en el sótano de la almohada, y me dejé arropar por la oscuridad de la manta. Dormí.

  En mi primera vez, la “vez” no pasó, pero sí puedo decir que la pasión me poseyó entera, de pies a cabeza.

Continuará…

  © Saliary Röman

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