6. Olvidar

Después de enamorarme hasta la piel, al dejarlo, el vacío queda clavado en cada poro. Vives con la sensación de ser una espesa nube, opaca, cargada de tristeza. Reír, y no sentir nada. Cantar, mientras las canciones te arrancan el corazón. Buscar el rostro de ella, en cada nuevo rostro. Decirte a ti misma  “hasta aquí, ya no más, hay que hacer algo”. Hacerlo todo, y constantemente ser perseguida por la depresión.

Soledad, infinita soledad, al decidir ya no hablar más de lo que te pasa con tus amigos, mientras la carroña de la lejanía te consume. Salir de fiesta, y buscar perderte entre la multitud, para que así, ellos no noten cómo caen las lágrimas mientras bailas. Deambulé años enteros; cambié de rutas, de ciudad, de hogar. Hice de todo para borrarla de mi cabeza, a veces creía que ya estaba superado, pero el corazón se encogía y expandía nuevamente, recordándola a cada latido. Así como sembré pasión en cada centímetro de su piel, extrañaba cada centímetro de su respiración por toda mi alma.

Los años pasaron, cuerpos nuevos iban y venían. Besos que se colaban en mi cama. Besos que se mantenían meses. Besos que intentaban buscar amor tras mi boca. Besos que hubiesen dado todo por ser correspondidos. Mientras yo, a saber dónde estaba. Mi libido a ras del suelo. No recuerdo que fue de mí, ni de todas las lágrimas que se mezclaron con mi copa. Me negaba a dejar el amor libre, no quería que tanto amor –aunque doliese- se fuese sin mi devoción a otra parte.

Era clásico por aquél entonces salir a beber algo luego del trabajo con mis compañeros. Esa vez, estaba de pie en la barra de un bar, hablando con mi jefe. Era una noche corriente, en un bar como cualquier otro. Yo llevaba la ropa de trabajo, despeinada y con un look que, mejor hubiese ido directa a casa. Pero estaba en una etapa que, mi físico no me preocupaba mucho, y lo de ir a casa debía ser a altas horas de la noche, cuando mi cuerpo y mente estaban tan agotados que, me obligaban a entrar en un sueño profundo justo al tocar la almohada. Así evitaba pensar, en lo que poco a poco, se iba borrando de mi cabeza.

Nunca llovió que no parase, eso dicen. Mi diluvio se convirtió en tormenta, la tormenta trajo la lluvia, y la lluvia trajo la calma con esta frase:

                “Esta noche duermes conmigo”.

Ya había mencionado que soy afortunada. Pues esa noche se hizo la fortuna en una piel morena.

Continuará…

  © Saliary Röman

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