7. “Esta noche duermes conmigo”

Era verano. Una noche sin estrellas, de olor a coco y madera mojada. De olor a nube espesa, de esas que no dejan ver la luna. Esa noche se transformó en calurosa con una inquietante frase, La frase. Frase para la cual jamás pensé responder tan “positivamente”, tan natural. Las palabras vinieron de la voz segura de una completa desconocida, sin presentaciones previas, sin tan siquiera un escaso “hola”. Sin introducciones, nada. Cero protocolos, cero complicaciones, vino ella a mi.

Fue así como el universo cambió de sentido. Las canciones en el bar cambiaron de mensaje. Mi mirada cambió de intenciones. La temperatura corporal se elevó, y el alumbrado de las distracciones se apagó, dejando salir una pequeña luz, apuntando a un sólo objetivo. Pocas palabras cruzamos desde el momento en que ella se puso de pie a mi espalada, acercó sus labios a mi oído derecho y dijo:

“Esta noche duermes conmigo”

“Esta noche duermes conmigo”, dijo la mujer de tacones, cabellos castaños, más joven que yo. Sus ojos se encargaron de absorber toda mi mirada. “Esta noche duermes conmigo”, me dijo, ¡a mi!.
Un pequeño susurro se deslizó por mi oreja, hizo tiritar mi estribo, bajó por todo mi cuello, elevó mis pulsaciones, revoloteó mi estómago, humedeció el entorno y me obligó a volver al presente, para así reaccionar asintiendo con la cabeza, mientras mis ojos curioseaban por su morena piel. Pocas palabras cruzamos más esa noche, sus labios me regalaron un par de besos, antes de que sus pies se posaran en mi puerta.

Creerme cuando digo que soy afortunada. La vida debería darte la opción de poder grabar con detalle ciertos momentos, grabarlos completamente y dejártelos ver, tipo película, cada vez que lo desearas. Si esa opción existiese, y durase lo que dura una noche, con su amanecer; me hubiese quedado con esa noche de verano. Me hubiese quedado con su cielo no estrellado, con el susurro de su voz. Y con la sensación en mi cuerpo, pupilas dilatadas, palpitaciones, al ver a plenitud el paisaje de su piel morena. La persona más bella que habían visto mis ojos. Una mujer impresionante, ahí, en mi cama. El universo me sonreía, e hizo que nuestros deseos se concibieran uno solo.

Llevaba años enamorada de la ojazos, y me había ido a la cama con más personas después de ella;  pero jamás había conseguido quitarla de mi mente, era como un mosquito venenoso que se encargaba de picarme en el momento en que mi cuerpo conseguía concentrarse en otro ser humano. Me pinchaba, me clavaba, me hundía el alma, y me regresaba al destierro del desamor; a la vez que cualquier indicio de orgasmo desaparecía de mi afán.
Sin embargo, el olor a coco y a madera mojada, aromatizaba la noche, para hacer el universo sonreír, para despejar mi mente, para provocar que las espesas nubes ocultasen el mosquito, y mi cuerpo fuese feliz. Todo estaba allí, para dejarme ver las estrellas.

La morena

Debió ser su precioso cuerpo, o la flexibilidad de sus extremidades, o quizás su voz sofocante y dulce, o su larga melena, o sus firmes piernas, o  sus magníficos pechos, o la forma sexy  de su boca; o tal vez el olor a mar de su piel, lo que permitió que esa noche yo me fundiera en ella, me entregué, nos entregamos. Bailamos, dimos la vuelta al mundo, lo andamos lento, suave, fuerte, a toda velocidad. A paso firme, sin tropezar, como quien ya conoce ruta. Como quien no tiene miedo a la oscuridad. Como si de alguna manera nos leyéramos la mente y fuesen nuestros cuerpos una herramienta para cumplir deseos. Hubo una conexión real, pasión innata. El mundo de una cama se quedó pequeño, nuestro apetito se hizo agudo hasta mucho más allá del horizonte de un amanecer. Mi piel despertó, mi boca quedó húmeda. Mis pupilas pedían más.
¡Polvazo! ¡Supreme!

Al día siguiente, fui al trabajo sin dormir, pero con el cuerpo lleno de frescura, de vitalidad, la sonrisa puesta. ¡Y cómo iba a ser de otra manera! ¡Si la mujer más impresionante me había otorgado lo mejor de sí! El sol brillaba más que nunca, mi mente evocaba recuerdos que me hervían los poros y mi interior quería más. ¡Yo quería más! Quería tener su rostro en mi almohada, su cuerpo junto al mío, su voz susurrándome de nuevo.

Yo deseaba el paraíso de sus brazos. Anhelaba reproducir la película de esa noche, poder vivir de nuevo esas maravillosas escenas. Tenía que intentar incitar a mi fortuna, para saber si podría sonreír el universo, de nuevo, a mi favor.

Soy afortunada, ¿lo he dicho antes?…

Continuará…

  © Saliary Röman

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